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EL NOVIO CELESTIAL

"Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne." GENESIS 2:23.

Nuestra Biblia es un verdadero Paraíso de hermosas flores y dulces frutos. Pero el creyente se encuentra más a gusto, sobre todo, en aquellos parajes escogidos pobla­dos de señales de la ternura del Salvador. Nuestra feli­cidad se eleva hasta el cielo cuando, apoyados en la Es­critura, y bajo la luz del Espíritu Santo, el alma discier­ne que Jesús ama con amor eterno.
Lector, este humilde tratado te visitará en una hora afortunada, si te lleva a las fuentes profundas de ese gozo.
No podemos andar mucho por las páginas de la Pa­labra sin que pronto escuchemos la voz que nos dice: Prestadme atención, quiero hablaros de mi amor. Con este propósito, cada imagen de ternura habla en su turno. ¿Ama un padre con la fortaleza del amor varonil? Jesús es nuestro Padre Eterno. ¿Es una madre amorosa en sus dulces caricias? E1 Señor es más constante todavía, pues aunque padre y madre te olvidara "yo no te olvidaré nunca". ¿Es generoso el afecto del hermano? Cristo es el primogénito entre muchos hermanos. ¿Es la unión de las hermanas tan tierna como las fibras del corazón? La Iglesia es "su hermana, su esposa". ¿Es noble la simpatía de un amigo? Leemos: "Ya no os llamaré siervos..., pero os he llamado amigos". ¿No bastan estos paralelos? No, si no se les añade otro. Así como para formar la luz más pura se precisa la combinación de todos los colores, así todos los matices deben juntarse para darnos el retrato completo de un amante Salvador. Falta el cariño per­fecto que fluye de un corazón a otro corazón en el enla­ce nupcial. Pero, ¿llamará también Jesús a su pueblo con el calificativo de "novia"? Si, así es como lo llama. Y ello constituye la delicia del Espíritu. Encontramos este tra­to en el jardín del Edén. Camina a nuestro lado a lo largo de todos los verdes pastos de la Palabra. Nos deleita sola­mente cuando el Apocalipsis ya no escribe más. "El Espí­ritu y la Esposa dicen: Ven." Un eco responde a otro eco: "Como el novio se goza de su amada, así Dios se rego­cija en ti". "Te desposaré conmigo para siempre; te des­posaré conmigo en justicia, juicio, benignidad y misericordia" (Oseas 2:19).
Siguiendo esa dirección santa, vivamos en busca de Jesús con aquellos sentimientos puros que inocentemente se albergan en el corazón de Adán, antes de que el peca­do entrase y lo profanase. La narración es simple: "Enton­ces Jehová Dios hizo caer sueño profundo sobre Adán, y mientras éste dormía, tomó una de sus costillas, y cerró la carne en su lugar. Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre" (Génesis 3:21, 22). Pero el misterio de esta porción es profundo. Uno mayor que Adán, el primer esposo, se encuentra en esta historia de unión sin pecado. A la fe se le ha enseñado, y lo ha aprendido rápidamente, que el novio espiritual y la esposa mística se hallan en esta narración. Los primeros esposos terrenos no son más que una sombra del amor celestial. El segundo Adán duerme un sueño, el sueño de la muerte, sobre el duro altar de su ignominiosa cruz. Su costado es atravesado. Y de allí fluyen los medios para constituir la Iglesia. Hay sangre para expiar cada pecado, y agua para lavar cada mancilla. El Padre presenta la esposa a Adán. El mismo Padre entrega a Cristo su favorecida esposa. Adán la recibe como parte de sí mismo. La palabra de Cristo otorga la misma bienvenida: "Miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos."
Nos sentimos grandemente animados a trazar las se­mejanzas con reverencia. Los matrimonios entre personas de muy distinta posición social resultan difíciles de reali­zar. Aquí se trata de una novia muy baja en cuanto a sus orígenes. Está formada de barro. En cambio Jesús mora en el brillante palacio del cielo, glorioso, con todos los atributos de su deidad. ¿Cómo podrá efectuarse seme­jante unión? Deja su alta morada. Un velo cubre su po­der omnipotente. Y desciende a nuestra choza. No se mofa de nuestros harapos. Nace como hombre en Betlehem. Vive en naturaleza humana el Hijo del Hombre. ¿Oh, alma mía! ¿Se ha detenido el Señor en tu camino para hacerte suyo para siempre? La distancia es infinita, pero vino con la velocidad de la luz sobre alas de amor y no paró hasta que posó en nuestro hogar lejano.
El novio tiene por pocos todos los esfuerzos para ga­narse una mirada de la novia. ¿Es posible que Jesús luche para ganar nuestras desagradables almas? Sí, Jesús ba­talla para ello. Él vive cuando nosotros amamos. Apenas parece reinar si no le presentamos el corazón para que haga de él su trono. Ahí, en las Escrituras, envía carta tras carta solicitando y ardiendo en la pura llama de la ternura divina. Nos sigue con el clamor constante: "Vuel­ve a mí, vuelve a mí, quédate conmigo". Por esto envía a sus fieles ministros, los amigos del novio, para pleitear su causa, para suplicar en su lugar, para buscar en su Nom­bre, para presentar sus inmaculados encantos, para mos­trar que su amor es fuerte como la muerte y puro como la luz, tan infinito como la eternidad.
Ese ministerio es tanto más fiel a Cristo, más rico en frutos eternos, cuanto más vívidamente presenta a Cristo.
Pero aún hay más. El Espíritu Santo es enviado por el Padre y el Hijo. Revela al Señor en todas las bellezas de su persona, todas las maravillas de su gracia, todas las glorias de su obra. Derriba todos los prejuicios, tuerce la corriente de la voluntad opuesta y enciende una fla­meante antorcha en los oscuros rincones de nuestra alma. Así es consumada la unión. El alma fiel olvida a su pro­pio pueblo y la casa de sus padres. Echa lejos los anti­guos pretendientes que cautivaron sus pensamientos. Sale afuera y se separa del mundo que antes tanto amaba. Lo deja todo y se une a Cristo.
Los lazos nupciales anulan los antiguos documentos en cuanto al estado y, a veces, el domicilio. Un nuevo apellido y una nueva dirección muestran que la novia ya no es independiente, que ya no se pertenece a ella sola. Lo mismo ocurre en la unión espiritual. La persona de Cristo proclama su divinidad, y ésta es la diadema de la Iglesia. ¿No está escrito así en jeremías 23:6 y 33:16? Se nos dice primeramente que "El Señor, justicia nuestra", es su nombre. Y la misma porción es para la esposa, por­que añade: "El Señor, justicia nuestra" es el nombre de ella también.
El novio busca la comunión íntima. Igual ocurre con Jesús. Por su Palabra, y por medio de sus mensajeros, lleva a su pueblo a su lado. Abre delante de él los propósitos de su gracia y los secretos de su Reino. Le anima a que le cuente sus necesidades, temores, deseos y esperanzas. Invita tiernamente: "Déjame oír tu voz…" ¿Quién puede describir el cariño de un novio? Y, sin embargo, es como una gota de agua comparada al océano de una caricia del Salvador. "No tenemos un Sumo Sa­cerdote que no puede compadecerse de nuestras miserias". “Quien os toca, toca la misma niña de sus ojos". "Él es afligido en todas nuestras aflicciones". Aún no han da­ñado a uno de sus miembros sufrientes y ya la Cabeza llo­ra en los cielos: "¿Por qué me persigues?" pregunta a un enemigo de su Esposa, la Iglesia.
Querido lector, tú has escuchado quizá a menudo es­tas verdades. ¿Han vibrado en ti de manera que han hallado una respuesta en tu corazón? Si no es así, no tienes el espíritu de la novia.
El novio trae su dote. ¿Y no nos enriquece Cristo con toda suerte de dones? Los mismos ángeles pueden maravillarse y sorprenderse al contemplar las riquezas de la Iglesia. Cristo no le esconde nada. Todos Sus atributos, son su gran herencia. Su sabiduría está lista para su dirección. Su poder para su socorro. Su amor para consolar. Su fidelidad y Su verdad son su cayado. Su Espíritu Santo es vertido sobre ella sin medida, para enseñarle, enlazarla y bendecirla. Suya es la justicia de Cristo, para ataviarse con ella en las moradas celestes. Sus cielos son los cielos de la Esposa Mística. Su trono es el suyo tam­bién. Y Su gloria y Su corona. La misma eternidad es para ella, para que pueda gozarse siempre. ¡Feliz el alma que responde a esta invitación amorosa!
El novio no rehúye fatigas para poder traer sostén y abundancia a su amada. Así Cristo vive una vida de trabajo vigilante. No descansa ni día ni noche. Sus manos horadadas están siempre intercediendo y derramándonos siem­pre suministros de gracia desde el cielo, para que nadie sufra necesidades, Él vino para satisfacerlas.
Las reuniones terrenas conocen a menudo la pena de la separación. La severa voz del deber puede ordenar a veces: Vete. La necesidad puede obligar a partir lejos. Pero nada en el cielo ni en la tierra, ni en el infierno, puede abrir el abrazo que se ciñe en torno al Novio divino. En cada momento se halla más cerca que la misma sombra del que la proyecta. La vida se apoya en sus manos. La muerte sueña en su pecho. Ningún lazo puede fallar en el mundo de seguridad celestial: "Nunca os dejaré ni os olvidaré."
En este frío mundo los afectos suelen enfriarse. El día que amaneció con el amor puede terminar con odio. Los gustos cambian y producen cambios. Los temperamentos discordes no concuerdan. Pero muy distinto es el "matri­monio celestial". Siempre es verdad aquel texto: "El que se une con el Señor un espíritu es". Cuando el Señor llama con amor, cambia por su Espíritu. Imparte una nueva naturaleza, cuyas pulsaciones van al unísono con las del Esposo. Es la misma armonía del cielo cuando Cristo es el todo.
            Aquí, en este mundo, un hogar tiene que llorar a veces por causa de la impiedad que del mismo brota. Muchos han tenido que lamentar: "¡Oh, Absalón, hijo mío!" Pero de la unión Celestial no surge más que simiente celestial. Los creyentes son desposados con Cristo para que lleven fruto a Dios (Romanos 6:22). Aparte de Cristo, el corazón es un nido de maldad. Unido a É1, es el progenitor santo de cada gracia santa.
Pero, al presente, la Iglesia ve a su Novio solamente con los ojos de la fe. El velo de la carne impide la visión clara. Pero aún un poco y el día de la gran boda manifies­ta llegará. Un mundo sorprendido oirá la llamada: ¡He aquí viene el Novio! Se escucharán las voces de una gran multitud, como voz de muchas aguas y como voz de true­nos que prorrumpirá en exclamaciones: ¡Aleluya, porque el Señor Omnipotente reina! Alegrémonos y gocémonos y demos gloria a Él, porque han llegado las bodas del Cordero y la esposa está aparejada. Entonces Cristo brillará y será admirado en sus santos y glorificado en todos los que creen. La novia será traída delante del Rey, con alegría y gozo entrará en el Palacio del Rey. El cántico nupcial será un incesante Aleluya. ¡Feliz el alma que responde a esta invitación amorosa!
Lector, ¿es tu feliz privilegio el conocer esta unión, que dura siempre, que cimenta tu corazón en Cristo y Cristo en ti? Recuerda, pues, que esta bendita relación erige tu fidelidad. El Señor es celoso del amor de su pueblo. No debes alejarte de Él ni un solo momento ni en un solo pensamiento. Hay que ir con cuidado, porque ya son llegados los días cuando vienen extraños profe­sando ser los amigos del Novio. Incluso se levantan en púlpitos, y dan instrucción en Su nombre. Pero podréis conocerlos por esta señal: Exaltan más a la novia que al Señor. Enaltecen más sus ordenanzas que al Señor mismo. La incitan a contemplarse a sí misma, a apoyar­se en sí misma, a confiar en sí misma y a decorarse a sí misma con los disfraces de la falsa humildad y la supers­tición. Id con cuidado, el terreno es resbaladizo. Puede parecer agradable a nuestra naturaleza egoísta, pero ello desliza hacia el Anticristo.
Quizá alguna alma mundana cuya vida está ligada a otro señor lea estas líneas. ¿No querrá volverse atrás y romper sus lazos? ¡Oh, el príncipe de este mundo! Sus promesas son mentiras. Su porción angustia, su abrazo la muerte, su morada la oscuridad, su lecho las llamas del fuego, su unión un grito angustiado de agonía. Hombres y mujeres sumidos en la mundanalidad, ¿podéis amar a semejante consorte?

¿Te pesan mucho tus cargas?

Salmo 55:22
“Echa sobre el Señor tu carga, y él te sustentará. No dejará para siempre caído al justo.”


Una carga es un peso que llevamos a cuesta. Ya sea desde el punto de vista físico, emocional o espiritual. Todos nosotros en algún momento hemos experimentado una carga de cualquiera de estos tipos. ¿Y qué dice la Biblia que debemos hacer con nuestras cargas? El pasaje de hoy nos exhorta a echarlas sobre el Señor. Entonces él nos sustentará.

Según el diccionario, la palabra "echar" significa: "Hacer que una cosa vaya a parar a alguna parte, dándole impulso con la mano o de otra manera." Por ejemplo, si yo tengo un libro en mi mano, y hago un gesto de tirarlo pero no lo suelto, ¿es esto “echar”? No, porque el libro no ha ido a parar a otra parte. Todavía está en mi mano, porque no lo solté. Ahora bien, si esta vez lo suelto de mi mano y el libro va a parar a otra parte, esto si es “echar”. Por otro lado, la palabra "sustentar" quiere decir "mantener, sostener", es decir, proveer a uno del alimento necesario, prestar apoyo o auxilio. Eso es lo que el Señor puede hacer con cada uno de nosotros. Eso es lo que el Señor desea hacer con cada uno de nosotros. Proveernos del alimento que necesitamos (tanto físico como emocional y espiritual). Suplir nuestras necesidades, ayudarnos, prestarnos auxilio. “Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones.”, dice el Salmo 46:1. Pero antes de recibir su ayuda, nosotros tenemos que echar sobre él nuestras cargas. Eso es lo que dice el pasaje de hoy.

Se cuenta de un hombre que iba caminando con un bulto en la cabeza. Otro hombre que iba manejando un camión se detuvo y le invitó a subir a la parte de atrás para llevarlo a su destino. El hombre se subió, pero para sorpresa del chofer, al mirar por el espejo retrovisor unos minutos después, vio que aquel hombre todavía llevaba el bulto sobre su cabeza, en lugar de echarlo en el piso del camión. Nosotros muchas veces actuamos de esta manera con el Señor, a pesar de que él nos dice: "Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar." (Mateo 11:28). Quizás nos sepamos de memoria este versículo, y probablemente en medio de la prueba lo pongamos en práctica y vengamos al Señor con nuestras cargas. Sin embargo, muchas veces no recibimos ese descanso que Jesús nos promete. ¿Por qué? Simplemente porque no echamos las cargas sobre él. Nos quedamos con ellas. No las soltamos, como hizo el hombre de la historia. Simplemente porque no tenemos fe. Nos aferramos a lo que nosotros consideramos es la manera correcta de resolver el problema, e inconcientemente queremos continuar en control. No estamos dando el control al Señor.

Dios no nos va a sustentar de la manera que él desea hacerlo, mientras no echemos nuestra carga sobre él. Ese es el requisito. Fe absoluta. Confianza. Seguridad en su poder y en su amor. Si te resulta difícil soltar tus cargas en los brazos del Señor, clama a él para que te ayude. La Biblia dice que su poder se perfecciona en nuestra debilidad (2 Corintios 12:9). Si reconocemos y confesamos que somos débiles, que no podemos hacer lo que debemos hacer aunque queramos, Dios nos dará la fuerza y aumentará nuestra fe para poder hacerlo. En este caso, cuando logremos echar nuestras cargas sobre él, recibiremos el descanso espiritual que tanto necesitamos.

ORACION:
Mi amante Padre celestial, gracias por la oportunidad que me das de echar mis cargas sobre ti. Pero confieso que no tengo suficiente fe para soltarlas. Por favor ayúdame a rendirme totalmente y ceder a ti el control de mi vida. En el nombre de Jesús, Amén.

Huir de su presencia

    Pero Jonás se levantó para huir de la presencia de Jehová a Tarsis, y descendió a Jope, donde encontró una nave que partía para Tarsis; pagó su pasaje, y se embarcó para irse con ellos a Tarsis, lejos de la presencia de Jehová. Pero Jehová hizo soplar un gran viento en el mar, y hubo en el mar una tempestad tan grande que se pensó que se partiría la nave. Jonás 1.3–4
¿Nunca te sentiste tentado a huir de Dios? Claro, tú no te subirías a un barco, ni tomarías un avión para alejarte de la presencia del Altísimo. Al igual que el salmista, tú y yo podemos exclamar: «¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia?» (Sal 139.7). Todos sabemos que es imposible huir de su presencia, porque él está en todos lados.
Piensa, sin embargo, en estas situaciones. Una persona no quiere ir a las reuniones de la congregación porque sabe que está en pecado y teme ser confrontado. Otra persona evita pasar por un lugar donde sabe que vive un hermano, porque tendrá que pedirle perdón por algo que ha hecho. Una tercera persona evita involucrarse en un programa misionero porque sabe que habrá un llamado a un compromiso y teme las consecuencias de asumirlo. Aun otra persona más resiste las invitaciones a ser parte de un proceso de discipulado, porque sabe que de hacerlo tendrá que comenzar a rendir cuentas por su vida.
En cada uno de estos casos las personas están evitando una situación porque no desean hacer algo que saben que el Señor requerirá de ellos. No podrán seguir caminando con él si no obedecen. En definitiva cada una de ellas está «huyendo», a su manera, de la presencia de Dios.
El deseo de querer huir viene en esos momentos en los cuales se desata una fuerte lucha entre nuestros deseos y la voluntad declarada del Señor. Ni siquiera el Hijo de Dios fue librado de esta batalla. En Getsemaní, abrió su corazón al Padre y le dijo, con absoluta franqueza: «¡si existe alguna otra manera de hacer esto, por favor muéstramelo!» Necesitamos saber que este tipo de conflictos interiores son parte del precio que debemos pagar por seguirle a él. Es normal experimentarlos.
Lo que no es aceptable, es dejar que nuestra voluntad imponga sus deseos sobre el rumbo que hemos de tomar. No es aceptable, en primer lugar, porque alimenta la esencia de rebeldía que cada uno de nosotros heredamos de Adán. Pero en segundo lugar, no es lícito porque no es posible evadir la voluntad de Dios, al menos si nuestro compromiso con él es serio. Podemos postergar por un tiempo poner por obra lo que Dios nos está llamando a hacer. No dudes por un instante, sin embargo, que si el Señor ha puesto su mano sobre nuestras vidas él nos irá a buscar no importa dónde nos «escondamos». Jonás es el ejemplo perfecto de esta verdad.
Para pensar:
¿Cuántos dolores de cabeza te producen a ti esas situaciones donde te demoras en hacer lo que Dios está pidiendo? ¿Cómo puedes acortar el tiempo que pasa entre recibir instrucciones del Padre y hacer lo que él manda? ¿Cuáles son las áreas de tu vida donde más luchas con hacer lo que Dios te manda?

Los Peros...

Pero Jonás se levantó para huir de la presencia de Jehová a Tarsis, y descendió a Jope, donde encontró una nave que partía para Tarsis; pagó su pasaje, y se embarcó para irse con ellos a Tarsis, lejos de la presencia de Jehová. Jonás 1.3
Desde la comodidad de nuestro sillón favorito resulta fácil leer la respuesta de Jonás y ponerse en el papel de juez, condenando la falta de fe del profeta. Debemos, sin embargo, entender la naturaleza de la tarea a la cual había sido llamado. Los asirios no eran vecinos pacíficos de los israelitas. Era una nación ferozmente guerrera que había conquistado a nación tras nación. Su extrema crueldad con los prisioneros era notoria en toda la región. De manera que cuando Dios le propone a Jonás ir a proclamar juicio contra este pueblo no le pareció, al joven profeta, una asignatura atractiva en lo más mínimo.
A pesar de esto, es inevitable sentir un poco de tristeza cuando vemos esa pequeña palabrita con la cual comienza el versículo de hoy: «pero». Nos choca, porque habla de un hombre que deliberadamente hizo lo opuesto de lo que se le había mandado. Es una palabra que encierra una actitud de rebeldía; nos hace pensar en discusiones y argumentos. Nos duele porque hace eco con la multitud de «peros» que han sido parte de nuestro propio peregrinaje espiritual.
¿Se puso a meditar en las veces que aparece esa palabra en historias del pueblo de Dios? El Señor le había mandado a Saúl no perdonar a Agag, rey de los amalecitas. «PERO, Saúl y el pueblo perdonaron a Agag, y a lo mejor de las ovejas» (1 S 15.9). Dios había mandado a los israelitas a que no se unieran en matrimonio con mujeres de otras naciones. «PERO el rey Salomón amó, además de la hija del faraón, a muchas mujeres extranjeras, de Moab, de Amón, de Edom, de Sidón, y heteas» (1 Re 11.1). El Señor había instruido a Israel que no oprimiera a la viuda, al huérfano, al extranjero, ni al pobre. «PERO no quisieron escuchar, sino que volvieron la espalda y se taparon los oídos para no oír» (Zac 7.11). Jesús mandó al leproso que no dijera nada a nadie. «PERO, al salir, comenzó a publicar y a divulgar mucho el hecho» (Mr 1.45). En cada uno de estos ejemplos, y muchos otros que podríamos mencionar, se hizo exactamente lo que Dios había dicho que no se hiciera.
En el devocional de ayer hablaba de cómo la Palabra de Dios incomoda, porque siempre nos desafía a cosas que no son fáciles. Necesitamos saber que cada vez que el Señor nos encomienda algo va a incomodarnos. Esto es una constante, y es precisamente esta incomodidad la que moviliza en nosotros la tendencia a interponer nuestros «peros», esa multitud de razones por las cuales nos parece que esta palabra puntual que Dios trae a nuestras vidas no es para nosotros.
Oración:
¿Te animas a hacer esta oración? «Señor, mis “peros” hablan de la semilla de rebeldía que hay en mi corazón. Es la manifestación de la carne, que se opone al espíritu. Quiero comprometerme a sujetar todo razonamiento altivo y toda desobediencia al señorío de Cristo. Que mis “peros” sean transformados en “¡sí, Señor, así lo haré!” Amén»

La escritura que incomoda

Jehová dirigió su palabra a Jonás hijo de Amitai y le dijo: «Levántate y ve a Nínive, aquella gran ciudad, y clama contra ella, porque su maldad ha subido hasta mí». Pero Jonás se levantó para huir de la presencia de Jehová a Tarsis, y descendió a Jope, donde encontró una nave que partía para Tarsis; pagó su pasaje, y se embarcó para irse con ellos a Tarsis, lejos de la presencia de Jehová. Jonás 1.1–3
¿Cómo podemos saber si nuestro Dios nos está hablando? Esta pregunta es importante, pues la vida del creyente, que debe vivirse en obediencia a él, no será posible si no podemos discernir lo que él nos está diciendo. De modo que necesitamos alguna forma de evaluar si la palabra que recibimos es realmente Palabra de Dios, o no.
Nuestra capacidad de convencernos que lo que hemos escuchado es Palabra de Dios no tiene límites. No es esto, sin embargo, ninguna garantía de que esto haya acontecido. Cuando Saúl perseguía a David, y hacía ya tiempo que el Espíritu de Dios se había apartado de él, vinieron a decirle dónde se escondía el fugitivo pastor de Belén. El rey exclamó: «Benditos seáis vosotros de Jehová, que habéis tenido compasión de mí» (1 S 23.21). Nosotros sabemos, sin embargo, que esto no aconteció por la mano de Dios. Ni tampoco estaban en lo cierto los hombres de David cuando le animaron a matar a Saúl, diciendo «Jehová ha entregado en tus manos a tu enemigo». La verdad es que si deseamos algo con suficiente pasión, podemos fácilmente convencernos de que Dios mismo está detrás de nuestros proyectos y que es él quien nos habla con respecto a ellos.
Una de las características que vemos en las Escrituras, sin embargo, es que la Palabra incomodaba al que la recibía. Hasta le podía parecer escandalosa o ridícula. Piensa en Moisés argumentando con Dios frente a la zarza. Piensa en Sara que se reía de la propuesta de un embarazo en su vejez. Piensa en Jeremías confundido por el llamado de Dios. Piensa en Jonás, que huyó de la presencia de Dios. Piensa en Zacarías frente al anuncio de un hijo. Piensa en el joven rico, que se fue triste porque tenía mucho dinero. O piensa en los que dejaron de seguir a Cristo, porque sus palabras eran muy duras. La lista es interminable. En todos hay una constante. Cuando Dios habló, las personas se sintieron incómodas, indignadas, desafiadas, escandalizadas… ¡pero nunca entusiasmadas! La razón es sencilla; estamos en el proceso de ser transformados, y su Palabra siempre va a chocar con los aspectos no redimidos de nuestra vida. Al escuchar lo que nos dice, la carne inmediatamente se levantará a protestar.
Para pensar:
Si las únicas palabras que tú escuchas hablar al Padre son siempre las Palabras que te hacen sentir bien o que te conceden lo que tú quieres, puedes estar seguro que no es el Señor el que te está hablando. Cuando él habla, lo más probable es que a ti se te ocurran muchas razones para convencerte de que ¡no es Dios el que está hablando!

Una fiesta sin fin

Todos los días del afligido son malos, pero el de corazón alegre tiene un banquete continuo. Proverbios 15.15 (LBLA)
Si usted ha estado cerca de una persona negativa sabe lo desgastante que es. No importa cuál es la circunstancia en la que se encuentra, esta persona siempre encuentra algo de qué quejarse. Sus comentarios están repletos de lamentos, críticas y comentarios depresivos con respecto al futuro. Uno se siente tentado a huir de tal persona, porque su actitud lentamente va apagando toda manifestación de alegría o esperanza en los demás.
Es importante que tengamos en cuenta cuál es la esencia del error de esta clase de personas, porque la semilla de esta actitud yace en cada uno de nuestros corazones. Esto no tiene por qué sorprendernos, pues estamos inmersos en un sistema cultural que se esfuerza por hacernos creer que la verdadera felicidad depende de lo que está a nuestro alrededor, la abundancia de nuestras pertenencias, lo abultado de nuestro sueldo, lo agradable de nuestras circunstancias y lo extenso de nuestra lista de amigos. Como esta no es nuestra realidad, podemos pasar todo nuestro tiempo lamentando el hecho de que estas condiciones -que según la filosofía popular son esenciales para nuestra felicidad- nos han sido negadas.
El autor de Proverbios, con sabiduría incisiva, nos está señalando que la alegría de vivir no tiene nada que ver con lo que tenemos, ni tampoco con lo que está pasando a nuestro alrededor. La posibilidad de ver la vida con gratitud y alegría, viene de una realidad que se ha instalado en la profundidad de nuestro corazón, y no hay circunstancia que la pueda desalojar. Por esta razón, el de corazón alegre, siempre encuentra motivos para celebrar, aun en medio de las circunstancias más adversas. El afligido, en cambio, puede encontrarse rodeado de una realidad envidiable, e igualmente concentrarse solamente en lo que le desagrada.
¿Cómo cultivar esta actitud? Estamos hablando aquí de una tendencia a la celebración constante, y esta actitud no puede tener otro origen que la certeza de que Dios está presente siempre, obrando en cada circunstancia y procurando lo mejor para mi vida. La persona de corazón alegre ve la bondad de Dios en todos lados, y esto lo motiva a ofrecer continuas expresiones de gratitud y gozo. No pierde oportunidad para hacer partícipes a los demás de la fiesta que vive con el Señor. Es decir, bendice, ¡porque se siente bendecido!
¿Será, entonces, que necesitamos sentirnos bendecidos para irrumpir en esta clase de vida celebratoria? ¡De ninguna manera!, pues ya hemos sido bendecidos con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo Jesús (Ef 1.3). Aunque tú no lo sientas, la bendición ya ha sido derramada en abundancia. Lo que necesitamos, más bien, es recuperar una perspectiva celestial de la vida. Esto sólo será posible si hacemos de la celebración una disciplina que contrarreste el espíritu de queja y crítica tan prevaleciente en nuestros tiempos. «Regocijaos en el Señor siempre», nos dice Pablo, «Otra vez lo diré: ¡Regocijaos!» (Flp 4.4).
Para pensar:
Richard Foster, autor de Alabanza a la disciplina, escribe: «El estar libre de la ansiedad y la preocupación es el fundamento de la celebración. Como sabemos que Dios tiene cuidado de nosotros, podemos echar todas nuestras ansiedades sobre él. Dios ha cambiado nuestro lamento en baile»

Ver lo que otros no ven

Hizo luego pasar Isaí siete hijos suyos delante de Samuel; pero Samuel dijo a Isaí: Jehová no ha elegido a estos. Entonces dijo Samuel a Isaí: ¿Son estos todos tus hijos? Isaí respondió: Queda aún el menor, que apacienta las ovejas. Y dijo Samuel a Isaí: Envía por él, porque no nos sentaremos a la mesa hasta que él venga aquí. 1 Samuel 16.10–11
Las instrucciones del Señor a Samuel fueron muy claras: «Llena tu cuerno de aceite y ven, te enviaré a Isaí de Belén, porque de entre sus hijos me he elegido un rey» (16.1). Dios veía en David las cualidades necesarias para ser la clase de rey que él buscaba: un corazón enamorado de su Creador, junto a un carácter humilde, sencillo, obediente y responsable. Era, además, valiente y esforzado cuando las circunstancias así lo requerían.
¿Quién de nosotros no quisiera tener un líder en medio nuestro con esas cualidades? Los elementos básicos que algún día convertirían a David en el más grande rey que jamás haya tenido Israel, ya existían en la vida de este joven pastor de ovejas.
Quisiera señalar, sin embargo, que cuando Isaí consagró a sus hijos y los preparó para que participaran, junto al gran profeta, del sacrificio que había venido a ofrecer, ni siquiera llamó a su hijo menor. Tampoco ninguno de sus hermanos pareció notar que David no estaba presente, o al menos ninguno hizo algo al respecto. ¿Si David poseía cualidades tan extraordinarias, cómo es que ninguno de los miembros de la familia lo notaron?
Dos respuestas parecen evidentes. En primer lugar, las cualidades que son atractivas al Señor rara vez resultan atractivas a los hombres. En demasiadas ocasiones simplemente adaptamos los modelos del mundo a las necesidades [del ministerio]. La Palabra, sin embargo, declara que «lo necio del mundo escogió Dios para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios para avergonzar a lo fuerte» (1 Co 1.27).
En segundo lugar, existe algo más profundo que tiene que ver con la falta de visión que produce la excesiva cercanía a otras personas. Cuando pasamos mucho tiempo con otros, dejan de impactarnos sus cualidades y empezamos a acostumbrarnos a ellas. Vemos solamente lo ordinario y cotidiano. A veces, cuando la otra persona se ausenta volvemos a recuperar una apreciación por las cualidades que siempre estuvieron presentes en su vida, pero que ya no notábamos.
Como formador de vidas, tú corres peligro de que la familiaridad con los tuyos te lleve a pasar por alto a aquellos que son futuros obreros en la casa de Dios. Sus dones ya no te llaman la atención y tú ya te has quedado con una imagen fija de ellos. Los de Nazaret no pudieron ver en Jesús más que un simple carpintero, aun cuando en todos lados se hablaba de sus extraordinarias cualidades.
Para pensar:
¿Será que hay un futuro «rey» en tu medio y tú no lo has notado? Necesitamos que Dios mantenga nuestra visión sintonizada con la de él, para que veamos a los de nuestro alrededor con sus ojos. No te quedes con lo ordinario. ¡Puede ser que detrás de lo ordinario exista una persona extraordinaria! Pídele sabiduría al Señor para ver a esa persona.

El poder de una decisión

Alégrate, joven, en tu juventud, y tome placer tu corazón en los días de tu adolescencia. Anda según los caminos de tu corazón y la vista de tus ojos, pero recuerda que sobre todas estas cosas te juzgará Dios… Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes que vengan los días malos, y lleguen los años de los cuales digas: «No tengo en ellos contentamiento». Eclesiastés 11.9, 12.1
Cuando leo este pasaje me acuerdo de un joven que anhelaba una vida más plena, llena de diversión y todas aquellas cosas que nos hacen sentir «vivos». Cansado de trabajar en la finca de su padre, procuró una entrevista con él y pidió que se le hiciera un adelanto de la parte que le correspondía de la herencia. La vida era demasiado corta para estar esperando el momento de empezar a vivir de verdad. Habiendo asegurado su tajada, partió en búsqueda de la gran vida que lo esperaba (Lc 15.11–32).
Nosotros reconocemos inmediatamente la necedad del camino de este joven. Pero me pregunto cuánto de nuestro discernimiento se debe a que conocemos de antemano la manera en que terminó la historia. La verdad es que a muchos de nosotros nos falta la herencia, pero no la filosofía de este muchacho. No poseemos un plan a largo plazo para la vida, y nuestra existencia tiende a girar exclusivamente en torno de las cosas que nos gustan o nos resultan importantes. Un marido no pasa tiempo con su esposa, porque le es más importante su trabajo. Un hijo no se toma tiempo para estudiar, porque le produce mayor placer estar con sus amigos. Una madre no tiene tiempo para escuchar a sus hijos, porque le es más importante tener la casa ordenada y limpia.
Pocos de nosotros poseemos la capacidad de anticiparnos a las consecuencias de esta forma de encarar la vida. Haciendo siempre lo que nos hace sentir bien, no incorporamos a nuestra vida aquellas cosas que son esenciales para el futuro. Con el pasar de los años, sin embargo, comenzaremos a darnos cuenta que las cosas que parecían importantes en realidad no lo eran. Junto con este entendimiento, vendrán también los remordimientos y lamentos por no haber ordenado correctamente las prioridades en la etapa de la juventud. Para muchos, será demasiado tarde para cambiar las cosas.
El autor de Eclesiastés intenta evitarnos este proceso de descubrimiento doloroso. Nos está diciendo que las decisiones que tomamos hoy tienen consecuencias mañana. Y no solamente esto, sino que vendrá el día en el cual tendremos que rendirle cuentas al Creador por cada una de esas decisiones. ¿Por qué no, entonces, tomar hoy las decisiones que producirán mañana un fruto del cual no tendremos que arrepentirnos? Muchas de esas decisiones girarán alrededor de cosas que quizás hoy no nos estimulen o produzcan mucho placer. Pero el día de mañana producirán un resultado con el cual podremos gozarnos profundamente.
Para pensar:
¿En qué estás invirtiendo tú, como líder, la mayoría de tu tiempo? ¿Cómo puedes estar seguro que estas cosas tienen un peso eterno? ¿Existen cosas importantes, como tu cónyuge, tus hijos, o tu relación con Dios, que están siendo desatendidas porque tú estás demasiado «ocupado» con tus proyectos personales? ¿Qué pasos puedes tomar para ordenar mejor tu vida hoy?

Dando Generosamente

Y no digas en tu corazón: Mi poder y la fuerza de mi mano me han traído esta riqueza. Sino acuérdate de Jehová tu Dios, porque él te da el poder para hacer las riquezas, a fin de confirmar su pacto que juró a tus padres, como en ese día. Deuteronomio 8.17–18 (RV60)
Un ingrediente básico para el éxito es la generosidad. Necesitamos entender que fuimos creados para ser generosos con nuestros recursos, y que debemos estar deseosos de compartirlos con otros. La idea de dar generosamente puede no tener sentido para la mayoría de las personas, sobre todo para aquellas que están en necesidad de dinero. Algunos piensan que para ser exitosos necesitan acumular todo el dinero que puedan, pero no consideran compartirlo con los demás. Creemos que mientras más dinero tenemos, más exitosos y felices seremos. Conforme ganamos más dinero y acumulamos más riqueza, creemos que hemos resuelto todo en la vida, y nos volvemos arrogantes y orgullosos, ignorando lo que el texto de hoy dice.
Desgraciadamente, cuanto más tenemos, más queremos, y nuestro deseo de acumular se incrementa. Pero, cuanto más acumulamos, en lugar de sentirnos satisfechos con lo que tenemos, nos ponemos más ambiciosos y más descontentos. Nuestro enfoque se hace cada vez más egoísta y nos alejamos de Dios y de los demás. Empezamos a ponernos más indulgentes con nosotros mismos y luego más inseguros. Nuestras vidas entonces se complican y se vuelven vacías; esto es así porque fuimos creados para dar, no para acumular.
Una metáfora interesante sobre la generosidad es un ejemplo que da la naturaleza misma. En Israel, al sur de Galilea, se encuentra el rio Jordán. Este recibe sus aguas dulces del mar de Galilea que a su vez las recibe de las montañas del norte. El Jordán fluye libremente hacia el sur desembocando en el Mar Muerto. Este se llama así porque ningún pez u organismo vivo habitan ahí. No se puede esperar que sea diferente, porque las leyes naturales que las gobiernan están regidas por una específica condición hidrológica.  La alta concentración de sal y otros minerales del Mar Muerto, mas su perenne estancamiento impide la existencia de cualquier tipo de vida en sus aguas.
El Mar de Galilea reparte abundantemente agua dulce a los campos y al rio Jordán. Esto lo mantiene saludable siempre. El Mar Muerto no reparte nada, lo recibe todo, se atraganta acumulándolo todo y es similar a un gran “agujero negro” que nunca llena el desierto ni el valle en que está situado y es además el lugar más bajo de toda la tierra (400 metros por debajo del nivel del mar). Aquí se estanca todo y se mantiene en un estado de corrupción continua e inevitable.
Es igual con las leyes de la creación de Dios. El nos creó según su propia imagen para que seamos similares a Él, viviendo con generosidad, y alineados con el propósito para el cual El nos creó. Como el Mar de Galilea que recibe sus aguas de las altas montañas y las deposita en el Jordán  y sus alrededores; así mismo nosotros, que todo lo que tenemos lo hemos recibido de Dios, debemos repartir nuestros recursos generosamente donde El nos diga.
Para pensar:
¡No te pierdas la oportunidad y la alegría de dar, la cual conduce a una vida de plenitud en todo sentido! Puedes hacerlo por medio de ministerios cristianos dedicados a extender el Reino de Dios en la tierra. Al mismo tiempo estarás invirtiendo tus tesoros en el cielo donde se te redituará dividendos eternos (Hechos 20.35; Mateo 6.21)

Un evangelico en la hoguera de la Inquisición.

Juan del Castillo fue uno de los españoles elegidos para acaudillar el mayor movimiento reformista en el país. Formó parte de los llamados ‘Doce apóstoles de Medina de Rioseco’. Huyó de España perseguido por la Inquisición, que lo halló en Bolonia, lo juzgó y ajustició.


El 18 de marzo de 1537, en Toledo, el burgalés Juan del Castillo ardió en la hoguera. No sólo su cuerpo quedaba chamuscado: también, reducido a cenizas, desaparecía un sueño que había compartido con otro hombres como él. Un anhelo imposible en aquella España en la que la Inquisición campaba a sus anchas. Juan del Castillo era luterano. Un hereje a ojos de la Iglesia. Un iluminado. Un elemento que había que exterminar. Erudito en griego, sus primeros contactos con el movimiento alumbrado tuvieron lugar en los Países Bajos después de que cursara estudios en la Universidad de Lovaina, cuna de humanistas, hacia 1523 y después de haber hecho lo mismo en París. Gracias a un primo carnal, llamado Diego del Castillo, a la sazón próspero comerciante de libros burgalés en Flandes, tuvo acceso a publicaciones humanista de Vives y Erasmo.

A su regreso a Castilla permaneció en contacto con el movimiento reformista al amparo del almirante don Fadrique Enríquez. Más tarde, en Toledo, enseñó griego a erasmistas y luteranos. Al parecer, el burgalés se acopló muy bien a la vida cultural y espiritual en la ciudad manchega, donde recibió las órdenes sacerdotales y se doctoró en Teología. De aquel magisterio tomó buena nota Bernardino de Tovar, profesor de griego de la Universidad de Alcalá y uno de los estiletes que apoyaban la Reforma acaudillada por Lutero.
El luterano burgalés formó parte de uno de los proyectos más ambiciosos de los reformistas españoles, un movimiento que se conoce como ‘Los doce Apóstoles de Medina de Rioseco’ y que patrocinó el citado almirante. Un proyecto evangelístico del que habrían de formar parte doce de los más prestigiosos reformistas y que tendría como objetivo pedir una bula papal que les autorizara a realizar esa tarea evangélica. Fue en 1525 cuando se dieron los primeros pasos. Al parecer, la relación entre Tovar y Castillo fue estrecha: amistad, pensamiento, armonía espiritual , intercambio de libros y experiencias...

En la confesión que Juan del Castillo haría a la Inquisición después de ser detenido y torturado, la misión encomendada a cada uno de los ‘apóstoles’ venía avalada por don Fadrique y consistía en reclutar a cuantos clérigos tuvieran a bien abrazar las ideas iluministas. Al parecer, Castillo era un gran orador, un predicador de fuste. Durante el germen de aquella aventura, habría transmitido el mensaje de liberación y de convencida exaltación individual.
Juan del Castillo fue uno de los elegidos. Sin embargo, el grupo de ‘apóstoles’ no pudo reunirse nunca: sintiendo el almirante el aliento de la Inquisición, decidió abortar el proyecto. Los tentáculos de tan siniestra organización se lanzaron sobre los protagonistas de aquella empresa, que fueron perseguidos. En 1530 el burgalés decidió huir de España. Primero se instaló en París, después en Roma y, finalmente, en Bolonia, en cuya universidad volvió a dar clases de griego.

La Inquisión no descansó hasta dar con él. Lo consiguió tres años después de su marcha. En manos de la Inquisición obraban varias cartas escritas por el luterano burgalés. En una de ellas, remitida a su hermana, decía: «Que el Espíritu Santo esté contigo de una manera nueva, para que alguna vez por el sacrificio de adoración la pureza de nuestras almas, nosotros podamos ofrecernos a nuestro Padre bendito para que Él, con su dulzor inefable y la paz sobrerana que sobrepasa todo entendimiento, envíe a Su Único Hijo engendrado Jesucristo para morar para siempre en nuestras almas. En Su presencia todas las cosas se hacen una, porque Él contiene la Esencia que todas las cosas deben tener, conforme al orden admirable y provisión de Dios...».
En otra, el burgalés deslizaba alguna de sus teorías dogmáticas, lo que sirvió a los inquisidores para incrementar las acusaciones. Así, el erasmista castellano sostenía que aquella vida de ángeles experimentada por San Pablo en su ascenso al Paraíso podía vivirse en la tierra por cualquier alma que hubiese aceptado abandonar la propia voluntad y las obras de muerte para hacer vivir a Cristo en sí misma.
No era la única demostración escrita del sentir del burgalés. El testimonio de un tal Diego Hernández, chivato de la Inquisición, fue capital para el juicio. «El maestro Juan del Castillo me dijo que si se le prendiese, él moriría en la secta luterana, alabando a Dios y, si fuera quemado vivo, no revelaría los nombres de ninguno de los que él sabía que eran de su secta, para que ellos pudieran seguir viviendo y extender y glorificar a Dios y que si no fuera por la Inquisición él mismo predicaría esto, pues había más penas para los luteranos en España que en Alemania, él mismo como lo hizo Juan de Celaín se dejaría quemar y moriría en la secta como un noble y no traicionaría a nadie».

Ese Juan de Celaín era, junto a Bernardino de Tovar, uno de los caudillos de aquel proyecto luterano de Medina de Rioseco, y ya había sido llevado a la hoguera cuando Juan del Castillo fue prendido. El burgalés fue llevado a Barcelona e interrogado por el inquisidor general Manrique. El proceso del luterano burgalés se prolongó durante varios años. En ese tiempo fue torturado y confesó su luteranismo y todas sus creencias: que la salvación sería tanto para pecadores como para no pecadores; que los preceptos de la Iglesia no son obligatorios; que un sacerdote podía dejar las rezar las horas canónicas.

Al parecer, llegó incluso a confesar cosas que no pensaba y que no había escrito nunca. Que, como diría él mismo, se había autoinculpado de «más de los que avía menester». Juan del Castillo intentó suicidarse en varias ocasiones. Su hermana Petronila, quien también había sido juzgada aunque absuelta después de pagar mucho dinero, intentó que se suspendiera el juicio asegurando que su hermano estaba loco. Pero dio igual. Las torturas no cesaron, y así la Inquisición fue añadiendo nuevos cargos de acusación contra él hasta que se firmó la pena de muerte. Instantes antes de morir en la hoguera el 18 de marzo de 1537, Juan del Castillo no dudó ni se arrepintió de nada.

Una Buena Reputación

Las moscas muertas hacen que el ungüento del perfumista dé mal olor; un poco de insensatez pesa más que la sabiduría y el honor. Eclesiastés 10.1
Cuando los apóstoles decidieron nombrar diáconos en la iglesia de los primeros tiempos, encargaron al pueblo que eligieran siete hombres que, entre otras cosas, tuvieran buena reputación.
La reputación tiene dos características importantes. Al igual que el resplandor en el rostro de Moisés, es algo que es visible para los que están a nuestro alrededor. Y, si bien la reputación habla de lo que otros han podido observar en nuestras vidas, no puede percibirse en un solo encuentro, sino que es la suma de muchos momentos que proclaman la clase de persona que somos. Se construye lentamente, a lo largo de los años, y es el más fiel reflejo de lo que verdaderamente hay en nuestros corazones. Encierra cosas tan preciosas como la responsabilidad, la fidelidad, la confiabilidad, la integridad y la sabiduría, todas cualidades que no pueden ser compradas, ni tampoco falsificadas. Reputación es lo que dicen las personas del líder cuando no está presente.
¿Y qué valor tiene la reputación? Según la reputación que tiene un líder va a ser el respeto que le confieren sus seguidores y las personas con las cuales entra en contacto. Cuando la reputación de un [líder] es buena, sus seguidores confían en su persona y están dispuestos a seguirle aun en las más difíciles circunstancias. De la misma manera, aún el más elocuente orador no inspirará profundo respeto en sus seguidores si no posee una buena reputación.
Como hemos visto, esta cualidad es la más difícil de construir porque es el resultado de muchos elementos que se suman a lo largo de los años. Una persona joven difícilmente podrá tener una buena reputación, simplemente porque el factor tiempo aún no existe en su trayectoria dentro del pueblo de Dios.
El autor de Eclesiastés conocía el valor de la buena reputación. Lo compara con el perfume del perfumista. Es agradable a todos los que lo huelen. Pero Salomón también sabía que la buena reputación, que tarda años en construirse, puede destruirse en un solo momento. No hace falta más que un acto insensato y la reputación puede quedar en ruinas. Una decisión apresurada, una relación inconveniente, un momento de locura, todos son elementos que pueden, en un instante, borrar el buen testimonio de años. Tristemente, una vez que la reputación se ha perdido, será muy difícil recuperarla. Muchos años después de la caída, la gente seguirá recordando ese momento de insensatez más que todos los años de buen trabajo que le precedieron.
Por esta razón, el líder sabio será cauteloso en las decisiones que toma. Tomará el tiempo necesario para evaluar las consecuencias de sus actos y medir si es bueno el camino que escoge. Sabrá que hay algunas alternativas que le son lícitas pero que no convienen, por los efectos que tendrán sobre su reputación.
Para pensar:
¿Sabes cuál es la opinión de otros acerca de ti como líder? ¿Cuáles son las cosas que aportan a tu reputación? ¿Has dedicado tiempo a invertir en estas cosas? ¿Cómo puedes reparar las cosas que no hablan bien de tu desempeño como líder?

Una lección inolvidable

Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros, porque ejemplo os he dado para que, como yo os he hecho, vosotros también hagáis. Juan 13.14–15 
Imagina por un momento que Jesús hubiera enseñado los principios, en esta lección, de la misma manera que nosotros los enseñamos. Primeramente, hubiera anun-ciado con bastante antelación la fecha de un «seminario sobre cómo servir», para que los discípulos vayan reservando la fecha e, incluso, invitando a algunos otros interesados. En privado, Cristo dedicaría largas horas a estudiar los textos bíblicos acerca del tema del servicio, armando cuidadosamente los argumentos a favor de los diferentes aspectos de este tema. En la fecha establecida, los hubiera reunido y habría compartido los resultados de sus estudios, presentando amplias evidencias acerca de la importancia del servicio. No hubiera terminado su lección sin una seria exhortación a que los discípulos practicaran lo que habían escuchado en «clase».
Tú ya te estás dando cuenta de la enorme distancia que separa nuestros esfuerzos por capacitar a los santos, de las lecciones que Cristo les enseñó a los discípulos. Toma nota de su estrategia. No anunció nada. No preparó a los discípulos con un discurso. No les dio ninguna explicación acerca de lo que iba a hacer. En el momento menos esperado, cuando estaban todos relajados y disfrutando de la cena, se levantó y comenzó los preparativos para lavarles los pies.
¿Te imaginas las miradas entre los discípulos? ¿Qué cosa se proponía hacer ahora este Maestro tan poco tradicional? Terminados los preparativos, comenzó a lavarles los pies. Aún no procedía de sus labios ninguna explicación. Los discípulos le observaban, seguramente con una mezcla de vergüenza y curiosidad. Cuando llegó a Pedro, el «vocero» del grupo se atrevió a cuestionar las acciones de Jesús. Recién en este momento el Maestro ofrece una explicación, pero es escueta y no aclara nada.
Cuando volvió a sentarse a la mesa, Jesús se preparó para darles la conclusión de la lección que habían visto. Salvo el diálogo con Pedro, no había proferido palabra alguna. Sin embargo, les acababa de enseñar una de las lecciones más dramáticas que habían aprendido en los tres años compartidos con él.
No hace falta decir mucho más sobre el tema. Cómo líder, sus lecciones más dramáticas y efectivas, fueron dadas sin usar las palabras. Nosotros, sin embargo, tenemos una dependencia enfermiza en las palabras como medio de enseñanza. Nuestras reuniones abundan de palabras. Los miembros de nuestras congregaciones están expuestos a una interminable sucesión de clases y predicaciones. ¿Cuánto de todo esto permanece? Me temo que muy poco.
Cristo agregó palabras a su ejemplo. No dejó librado al entendimiento de cada discípulo lo que había querido enseñar. Pero sus palabras fueron la conclusión perfecta a una lección que ya había sido grabada a fuego en sus corazones. Simplemente les ayudó a elaborar lo que habían visto.
Para pensar:
Howard Hendricks comparte esta observación con los que son maestros: «La educación -la verdadera educación- consiste simplemente en una serie de situaciones apropiadas para impartir enseñanza». ¡Procure aprovechar al máximo esas situaciones!

Gracia para recibir

Cuando llegó a Simón Pedro, este le dijo: Señor, ¿tú me lavarás los pies? Respondió Jesús y le dijo: Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora, pero lo entenderás después. Pedro le dijo: No me lavarás los pies jamás. Juan 13.6–8
La verdadera humildad es difícil de describir. Tiene que ver con un concepto justo de uno mismo. No consiste solamente en esto, sin embargo, es producto de un mover del Espíritu de Dios, y como tal retiene ciertos rasgos misteriosos. Lo que sí podemos afirmar es que hay aparentes actitudes de humildad que no son más que la manifestación de un orgullo disfrazado.
Quizás por esta razón el gran escritor Robert Murray M´Cheyne exclamó: «Oh, quien me diera el poseer verdadera humildad, no fingida. Tengo razones para ser humilde. Sin embargo no conozco ni la mitad de ellas. Sé que soy orgulloso; sin embargo ¡no conozco ni la mitad de mi orgullo!»
No hay duda que los discípulos se sintieron completamente descolocados por la acción de Cristo al lavar sus pies. Esta era una labor que debería haber realizado el siervo de la casa. ¿Cómo no se le ocurrió a alguno de ellos hacerlo? Seguramente más de uno se sintió avergonzado por su propia falta de sensibilidad.
Solamente Pedro se atrevió a decir algo: «No me lavarás los pies jamás», y creemos oír en sus palabras una genuina actitud de humildad. Miremos con más cuidado, sin embargo. ¿Qué clase de humildad es esta, que le prohíbe al Hijo de Dios hacer lo que se ha propuesto hacer? La falta de discernimiento en las palabras del discípulo es tiernamente corregida por el Maestro. Al entender lo que le está diciendo, Pedro se va al otro extremo: «Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza».
¿Observó usted lo que acaba de ocurrir? Una vez más, Pedro le está dando instrucciones a Jesús acerca de la forma correcta de hacer las cosas. ¡Esto sí que es orgullo! Sin embargo, a primera vista creíamos estar frente a una persona realmente sumisa y humilde.
Lo sutil de esta situación debe servirnos como advertencia. La humildad es más difícil de practicar de lo que parece. Nuestro propio esfuerzo hacia la humildad es limitado por el constante engaño de nuestro corazón. Aun las actitudes que aparentemente son espirituales pueden tener su buena cuota de orgullo. Por esto, necesitamos que Dios la produzca y manifieste en nuestras vidas.
La escena de hoy nos deja en claro una simple lección: necesitamos desesperadamente que el Señor trabaje en lo más profundo de nuestro ser, para traer a luz todo aquello que le deshonra. Debemos tener certeza que el orgullo será un enemigo al acecho permanente de nuestras vidas. ¡Por cuánta misericordia debemos clamar cada día!
Para pensar:
Medita en la sabiduría de esta observación: «El verdadero camino a la humildad no es achicarte hasta que seas más pequeño que ti mismo; es colocarte, según tu verdadera estatura, al lado de alguien de mayor estatura que la tuya, para que compruebes ¡la verdadera pequeñez de tu grandeza!»

Ver lo que otros no ven

Hizo luego pasar Isaí siete hijos suyos delante de Samuel; pero Samuel dijo a Isaí: Jehová no ha elegido a estos. Entonces dijo Samuel a Isaí: ¿Son estos todos tus hijos? Isaí respondió: Queda aún el menor, que apacienta las ovejas. Y dijo Samuel a Isaí: Envía por él, porque no nos sentaremos a la mesa hasta que él venga aquí.       1 Samuel 16.10–11
Las instrucciones del Señor a Samuel fueron muy claras: «Llena tu cuerno de aceite y ven, te enviaré a Isaí de Belén, porque de entre sus hijos me he elegido un rey» (16.1). Dios veía en David las cualidades necesarias para ser la clase de rey que él buscaba: un corazón enamorado de su Creador, junto a un carácter humilde, sencillo, obediente y responsable. Era, además, valiente y esforzado cuando las circunstancias así lo requerían.
¿Quién de nosotros no quisiera tener un líder en medio nuestro con esas cualidades? Los elementos básicos que algún día convertirían a David en el más grande rey que jamás haya tenido Israel, ya existían en la vida de este joven pastor de ovejas.
Quisiera señalar, sin embargo, que cuando Isaí consagró a sus hijos y los preparó para que participaran, junto al gran profeta, del sacrificio que había venido a ofrecer, ni siquiera llamó a su hijo menor. Tampoco ninguno de sus hermanos pareció notar que David no estaba presente, o al menos ninguno hizo algo al respecto. ¿Si David poseía cualidades tan extraordinarias, cómo es que ninguno de los miembros de la familia lo notaron?
Dos respuestas parecen evidentes. En primer lugar, las cualidades que son atractivas al Señor rara vez resultan atractivas a los hombres. En demasiadas ocasiones simplemente adaptamos los modelos del mundo a las necesidades [del ministerio]. La Palabra, sin embargo, declara que «lo necio del mundo escogió Dios para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios para avergonzar a lo fuerte» (1 Co 1.27).
En segundo lugar, existe algo más profundo que tiene que ver con la falta de visión que produce la excesiva cercanía a otras personas. Cuando pasamos mucho tiempo con otros, dejan de impactarnos sus cualidades y empezamos a acostumbrarnos a ellas. Vemos solamente lo ordinario y cotidiano. A veces, cuando la otra persona se ausenta volvemos a recuperar una apreciación por las cualidades que siempre estuvieron presentes en su vida, pero que ya no notábamos.
Como formador de vidas, tú corres peligro de que la familiaridad con los tuyos te lleve a pasar por alto a aquellos que son futuros obreros en la casa de Dios. Sus dones ya no te llaman la atención y tú ya te has quedado con una imagen fija de ellos. Los de Nazaret no pudieron ver en Jesús más que un simple carpintero, aun cuando en todos lados se hablaba de sus extraordinarias cualidades.
Para pensar:
¿Será que hay un futuro «rey» en tu medio y tú no lo has notado? Necesitamos que Dios mantenga nuestra visión sintonizada con la de él, para que veamos a los de nuestro alrededor con sus ojos. No te quedes con lo ordinario. ¡Puede ser que detrás de lo ordinario exista una persona extraordinaria! Pídele sabiduría al Señor para ver a esa persona

La práctica del servicio

Y cuando cenaban, como el diablo ya había puesto en el corazón de Judas Iscariote hijo de Simón que lo entregara, sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y que había salido de Dios y a Dios iba, se levantó de la cena, se quitó su manto y, tomando una toalla, se la ciñó.     Juan 13.2–4
Hemos estado observando algunos detalles acerca del contexto de esta escena en la vida de los discípulos, el momento en que Cristo les lavó los pies a los discípulos. En el pasaje de hoy queremos concentrarnos en dos detalles adicionales.
En primer lugar queremos notar el grado de madurez que demuestra el gesto de Cristo. El paso necesario antes de realizar un acto de servicio hacia el prójimo es identificar la necesidad del otro. Cuando éramos niños, era necesario que nuestros mayores no solamente nos indicaran dónde existía una necesidad de servicio, sino que también nos obligaran a realizarla, porque nuestra perspectiva de la vida no incluía conciencia de servicio. Algunas personas nunca pasan más allá de esta etapa y, aun de adultos, no sirven a menos que otros los presionen para hacerlo. Pero los que han avanzado hacia un mayor grado de madurez, responden con gozo frente a la invitación de servir al prójimo, porque han entendido que este es uno de los privilegios que se le ha concedido a los que son de Cristo.
Existe, sin embargo, un tercer nivel de servicio. En este nivel no hace falta que otros nos indiquen las oportunidades para servir, ni tampoco que otros nos inviten a hacerlo. En este nivel vemos la necesidad de servicio antes que el otro diga algo. Cuando transitamos por los lugares donde desarrollamos nuestra vida cotidiana, estamos atentos a las oportunidades que se nos presentan en cada lugar. Cristo vio la necesidad de lavar los pies, e hizo algo al respecto.
Es esta segunda acción que queremos resaltar. Nadie puede servir a su prójimo desde la comodidad de un sillón. Tampoco es posible experimentar el gozo del servicio si uno se mantiene en la teoría de lo que es disponerse a suplir la necesidad del prójimo. El servicio no es tal hasta que se convierte en acciones concretas hacia los demás. Por esta razón, Cristo se levantó de la mesa, se quitó el manto, se ciñó una toalla y, tomando agua, comenzó a lavarles los pies a los discípulos. Esta serie de acciones concretas son las que convirtieron su deseo de servir en realidad.
El servicio es una parte importante de nuestro rol como líderes. Para cultivar este aspecto de nuestra vida, necesitamos pedirle a nuestro Padre celestial que abra nuestros ojos a las oportunidades que existen a nuestro alrededor, y también que nos movilice a hacer algo al respecto.
Para pensar:
¿Qué señales te alertan de que otra persona necesita de tu servicio? ¿Cómo puedes enseñarle sensibilidad a tus seguidores? ¿Qué actitudes son importantes para dar un buen ejemplo en el servicio?

Oportunidades Ordinarias

Y cuando cenaban, como el diablo ya había puesto en el corazón de Judas Iscariote hijo de Simón que lo entregara, sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y que había salido de Dios y a Dios iba, se levantó de la cena, se quitó su manto y, tomando una toalla, se la ciñó. Juan 13.2–4
Creo que todos nosotros tenemos algo de heroico en nuestro ser. En situaciones de crisis o de extrema necesidad, salimos al frente y servimos a nuestro prójimo. Recuerdo una situación personal, en la cual tuve que salir con una fuerte tormenta a buscar un medicamento para una persona que lo necesitaba con urgencia. Tomando mi bicicleta, pedaleé unos kilómetros bajo la lluvia torrencial para adquirir el medicamento necesario. ¡Encontramos en este tipo de situaciones hasta ciertos matices románticos!
Nuestra vocación de siervos cambia, sin embargo, cuando estamos dentro de una escena netamente doméstica. Allí, nadie nos va a aplaudir, ni vamos a ser vitoreados por nuestros actos de servicio. Lo que hacemos simplemente forma parte del quehacer de todos los días. Es precisamente por la ausencia de alguna recompensa que nos cuesta tanto servir a los demás.
Cristo se levantó durante la cena. Seguramente todos los discípulos habían notado que nadie les había lavado los pies cuando llegaron a la casa. Quizás se sentirían sucios e incómodos con los pies llenos de polvo y sudor. El Hijo de Dios fue el único que hizo algo al respecto.
En nuestra cultura latinoamericana, ¡cuán importante es para nosotros el momento en que nos sentamos a comer! Una vez que nos acomodamos en la mesa, ninguno quiere levantarse para buscar la sal, o traer algún otro elemento que falte en la mesa. Preferimos comer sin sal, ¡que levantarnos a buscar el salero!
El hogar, no obstante, ofrece las mejores oportunidades para servir. Abundan a cada instante. Y no solamente esto, sino que también es el lugar donde más podemos aprender acerca de lo que significa ser un siervo. Dentro del ambiente del hogar nadie nos va a dar una medalla por servir a nuestra familia. Tendremos que aprender lo que es servir, en situaciones donde el agradecimiento de los demás está implícito, pues no se expresa. Deberemos escoger el servicio cuando francamente nos gustaría más descansar o estar haciendo algo diferente. Tendremos también que aprender a ver las necesidades de los demás, sin que se nos pida que sirvamos.
Los beneficios de servir en estas situaciones son innumerables, y nuestro crecimiento personal será marcado a medida que respondemos a estas oportunidades. En nuestra tarea de formar a otros, tendremos también que mostrar el camino a transitar con nuestro propio ejemplo. Seguramente muchos nos estarán observando en estas situaciones, que tan poco «espirituales» nos parecen. Las más increíbles lecciones, sin embargo, pueden ser enseñadas desde este lugar.
Para pensar:
«La medida de la grandeza de una persona no está en el número de personas que lo sirven, si no en el número de personas a quienes sirve». P. Moody
...sino santificad a Cristo como Señor en vuestros corazones, estando siempre preparados para presentar defensa ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros, pero hacedlo con mansedumbre y reverencia; 1.Pedro 3:15